Ya eran las doce de la noche y yo estaba sola afuera de ese edificio en obra negra. Acababa de llover en ese barrio sólo y las calles aun estaban mojadas, así que cualquier persona, cualquier coche, cualquier gato que pasaba dejaba su rastro indiscreto que me aterraba más y más.
A las esquinas de la calle del edificio iban muchos hombres borrachos, se sostenían un rato para aguantar otros pasos sin caer, algunos orinaban y otros cantaban canciones de pérdidas amorosas. Pero yo seguía ahí, dentro de la oscuridad, parada debajo de la sombra que se había convertido en mi única compañera y también mi única forma de no ser invadida por cualquiera que pasara con el corazón podrido. A lo lejos se veía vapor saliendo de las coladeras, me imaginaba su hedor y lo comparo con la hora en la que me propuse tener que estar allí, asustada.
Y es que yo sé que soy bonita, y demasiado joven para arriesgarme a tomar una decisión tan estúpida… y por más que medite en lo que decidí ya no podía irme de ahí. La culpa de todo la tiene mi mamá, que no se pudo fijar en que su hija adolescente es tan idiota para dejarla sola; debió atarme o contratar una niñera como a un maldito bebé. Todo el tiempo se la pasaba repitiéndome que era una tonta pero jamás se la creyó y por eso ahora eh vendido mi alma poseída por el hedor de las coladeras a las que tendré que descender un día… a recoger los restos.
Si supieras lo enamorada que estaba de él… a menudo me preguntaba porque me sentía tan bien, tan protegida y a salvo, entre sus brazos y hasta con ese actuar lento que hombres como él tienen… delicado y elegante pero altanero. Nadie nunca fue tan bueno conmigo, nadie fue para si quiera dejarme respirar el sobrante de las pequeñas risas que la gente feliz tiene de vez en cuando, al ir solos en el autobús, después de leer un mensaje… esa risa que yo no pude hacer nunca. Nunca pude tener gran cosa… lo único que tenía era a un cerdo con palabras fuertes.
Y al final dejó de ser mi protección para tomar relevo con esa sombra que me aplastaba en la calle, mientras estaba empapada y sucia… ¡seguro miraba las demás faldas agranda escrotos y se carcajeaba de mi!
<<Soy una pendeja, soy una pendeja… soy yo… soy yo… sigo siendo yo>> me decía todo el tiempo mientras las lágrimas calentaban un poco mis ojos. Pero luego lo vi, y estaba igual de muerto que siempre, estaba igual de quebrantado por la suciedad que marchitó sus ojos, que ya no me veían a mí, y como desde que me cortó para mí estaba muerto… debía estarlo para los demás.
Lo siento tanto amigo, y sé que tenía que decírselo a alguien como tu… que me entiendes y me lo has dicho: A veces aunque tenga 16 años hago cosas de una gran mujer… ¿no me lo dijiste? ¡O sólo lo dijiste porque creías que también tú podrías llamarme y sacarme el corazón para comértelo! Pues tu también mereces estar en la coladera y lo disfrutaré tanto porque seguramente estaré observando tu cara mientras te tragas mis palabras… no soy débil, no soy débil y en cuanto salga de esta clínica te mandaré un frasco con el hedor que siente mi corazón, te lo mandaré con la puta que está sacando a escondidas esto… te lo mandaré para que sepas que es estar encerrado aquí, al lado de un montón de poseídos, y sepas que nadie me quiere y nadie me sacará de aquí jamás.