No había pasado ni una hora
después que sonara inútilmente la alarma que debía indicarnos el momento de
despertar, y ya tenía esa horrible sensación de que el día había finalizado en
un resignado movimiento de cotidianidad. Algo al principio cómodo, pero
repugnante conforme pasaron los años. Estaba recostado boca arriba con las
palmas de las manos sintiendo mi cama recién ordenada y las suelas de mis
zapatos inmóviles en el piso sin otro objetivo que intentar no darme cuenta de
la constancia con la que parpadeaba y que podía sentir mis párpados, pues podía
que atrajese toda mi atención y se convirtiera, sin mucho esfuerzo, en una
nueva obsesión.
Conocía ya cada línea, cada
punto, cada degradado que hacía la luz en el techo, y sin embargo lo veía cada
mañana, cada tarde y cada silencio. Me daba la tranquilidad de sentirme en casa
que le da a cualquiera su música, o la voz de alguien que se repitiera con
constancia diciendo más o menos las mismas frases y reaccionando más o menos de
la misma forma cada día.
Yo sólo tenía mis libros antiguos
y ese techo gris para escapar del Solomon, vehículo en el que viajábamos y
dentro del que estaba destinado a morir. Al parecer nuestro mundo era un mundo
minimalista construido a partir de la aspiración que otros habían sembrado en
nuestros corazones, y que nos empujaba a pensar en el futuro y las
oportunidades venideras, pero era una ilusión y yo lo sabía… nosotros sólo
éramos los de en medio, destinados a mirar hacia ambos lados en un limbo de simulaciones
materiales.
La única manera que tenía de
entender a los demás era aprendiendo de textos. Si miraba hacia un lado podía aprender
que ellos terminaban los días, que había temor en las calles y temor a los
interiores, que había enfermedades o pobreza. Si miraba hacia el otro lado había jardines y belleza, había facilidad,
prosperidad y veranos, pero era meramente teórico, yo no había vivido esas
vidas; no había vivido ninguna vida.
Los primeros que abordaron el Solomon tuvieron la oportunidad de
experimentar todas esas sensaciones que, como primerizos, tenían el privilegio
de sentir. Desde el reclutamiento de los mejores hasta el entrenamiento de años
para asegurarse de que estuvieran capacitados para una misión tan obscenamente
ambiciosa. No debió ser fácil convertirse en herramientas de producción. Tuvieron
que despedirse de los suyos sabiendo que jamás los volverían a ver, ni a ningún
rastro de su paso por el mundo.
La sensación de abordar la nave y
adentrarse en la oscuridad más orgánica que la existencia le puede brindar a un
ser humano estaba reservada para ellos: despegar y despedirse de la tierra y
todos los conflictos de la sociedad humana que tanto aborrecían en las
noticias. A ellos no se les guardaba envidia; brindaban futuro al perderlo
todo.
Uno nunca espera despedirse del
día y la noche, de la navidad ni del frío o el calor.
Ellos tuvieron la tarea de
afrontar la comparación de dos vidas, de establecer un modo de vivir para todas
las generaciones que vinieran después y resignarse a que pasara tanto tiempo
después de su muerte para que todo valiera la pena.
Eventualmente también habría una
generación de personas destinadas a experimentar inversamente lo que los
primeros vivieron. Deshacerse de su vida abordo y empezar una nueva de colonización,
herencia y adaptación: Regresar a ser humanos.
Ellos tendrían esta nueva tierra
donde fluía melódicamente cada recurso para ellos. Estarían a cargo de construir
caminos, política y arte; construir organizaciones de todo tipo para que el
nuevo hogar se sintiera con la sazón de la vida humana. A través de ellos se
volvería a contagiar la atmósfera de sistemas, de corrupción y crimen, si así
lo permitían.
Entre los dos estábamos nosotros.
El planeta más cercano que se
logró encontrar -en óptimas condiciones de alojar vida humana- está a cientos
de años luz, lo que complicó todo, pues tardaríamos cientos de años en llegar
si domináramos la velocidad de la luz, pero la materia no puede hacer tal cosa.
El viaje para poblar ese lugar
llevaría tanto tiempo, que mandaron una generación de personas equipadas con la
genética y conocimiento necesario, destinadas a dejar otras varias generaciones
de descendientes, y que una de esas viviera lo suficiente para llegar a heredar
el planeta.
Una vez adentro, la inseminación
artificial, un estricto control de alimentación, ejercicio, culturización y
educación; prepararían a las personas para brindar de nuestros nutrientes como
especie a ese lugar.
Conforme pasaron las primeras
generaciones, empezó una depresión colectiva y una severa pérdida de la
identidad. Las personas se volvían apáticas, hipocondriacas, indiferentes… la
población comenzó a reducirse, pues las esperanzas se perdían. La muerte se
llevaba las aspiraciones y los sueños de todos los de en medio, los que
estábamos recorriendo esa violenta parte del camino entre los que habían
perdido todo, y los que heredarían el mundo.
Era imposible de evitar, el alma
se nos escapaba a través de la distancia entre nuestro hogar y el desgaste
espiritual, y eso me hacía enfurecer, porque sabía que no había salida, no
había opciones… ahí había nacido, ahí moriría, y eso sería todo.
Esta mañana me levanté, preparé todo lo que había estado acumulando
desde hace mucho tiempo, con cuidado de que no sospecharan ni limitaran mi
acceso a ciertos recursos, y estoy dispuesto a terminar con este ciclo impuesto
psicológicamente a todos los que estamos encerrados en este interminable viaje
hacia una libertad que no nos pertenecerá. Soy un extranjero en medio del
universo, un indocumentado interestelar.
Soy un Placebo social creado para
que todos tengan la ilusión de poder alcanzar la leche y miel que fluyen en los jardines de los
herederos; pero ellos no dejarán su herencia, y a mí los caminos se me han
cerrado. Pertenezco al grupo de comunidades plásticas que tienen una falsa
esperanza de ascender, y se regocijan en su miseria.
De ahora en adelante, el camino
lo recorreré yo solo, y buscaré nebulosas y loterías astronómicas por los
caminos que me dicte mi propia ideología, pues si estoy destinado a esta
oscuridad, creada exclusivamente para mí, al menos quiero aprender a
atravesarla con mis principios.
Al menos quiero cosechar una
libertad que no sea ajena.
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